¿Por qué fue necesario trasmitir el juicio de Ochoa?

Todos conocemos la historia, e incluso algunos al cabo de tantos años tienen opiniones diversas sobre el caso.

Pero al cabo de unos años algunos nos preguntámos ¿por qué trasmitir el juicio de Ochoa y los demás traidores a la Revolución en directo y hacer énfasis en la situación?, en aquel momento Cuba era un círculo cerrado, prácticamente solo entraban rusos desde el exterior. Si se hubiera dicho: “Nota oficial: Por orden del Consejo de Ministros de Cuba, se toman mediadas revolucionarias….bla,bla,bla.”

Sin embargo en esa ocasión no fue así, prácticamente se hizo un circo propagandístico de la situación, al nivel que hasta artistas e intelectuales tomaron carta en el asunto. El circo no fue meramente militar como algunos piensan.

Pero, ¿Por qué televisar ese juicio en un país donde imperaba el hermetismo? Si en realidad era más fácil mantenerlo en secreto y evitar cualquier tipo de intrusión internacional. Pero un análisis de los documentos que publicó el Gobierno —el libro Causa 1/89, fin de la conexión cubana y los videos que pueden verse en la Red— evidenció la urgencia de montar una gran maquinaria propagandística, vital para limpiar la imagen del líder máximo de toda responsabilidad.

Por instrucciones del comandante en jefe, los medios de comunicación cubanos, todos dependientes del Gobierno, se acoplaron para promover un clima de culpabilidad previo a la sentencia. Así la presunción de inocencia, común en toda jurisprudencia penal, fue omitida en este caso. El veredicto antecedió al fallo del tribunal.

Sin embargo, con respecto al alto Gobierno en ningún momento se admitió que tuvieran conocimiento de los contactos de sus altos oficiales con el narcotráfico, a pesar de que se jactan de la eficiencia de sus sistemas de inteligencia y contrainteligencia.

La fecha de los acontecimientos, no es casual: 1989, escenario del fin de la Guerra Fría, de la escalada en Angola, del florecimiento del glasnost, la perestroika, el sindicato Solidaridad, la caída del muro de Berlín y los hechos de Tiannamen. Es también y muy señaladamente, el período del auge de los carteles de la droga.

Bajo el riguroso guión del comandante en jefe se estructuró el espectáculo en cuatro actos públicos: el arresto, el Tribunal de Honor, la Causa 1 del Tribunal Militar Especial, y la reunión del Consejo de Estado. Además del previsible colofón privado: el fusilamiento.

Ochoa fue arrestado dos veces. La primera, el 9 de junio, tuvo un carácter claramente emocional, duró solo un día y fue consecuencia de una reunión con Raúl Castro, ministro de las Fuerzas Armadas, que terminó a gritos. Cuando Ochoa le espetó: «Si quieres montarme un caso de corrupción tendrás que depurar todo el ejército, empezando por ti», Raúl ordenó apresarlo.

La segunda y definitiva aprehensión, cuatro días después, fue producto de una calculada operación del comandante en jefe, luego de reunirse por más de catorce horas con agentes de la contrainteligencia. En esa oportunidad se diseñó con precisión y apremio todo lo relativo al espectáculo y su desenlace final. Los titulares de los dos primeros editoriales (16 y el 22 de junio) del diario Granma, órgano oficial del partido comunista, «Una verdadera revolución no admitirá jamás la impunidad» y «Sabremos lavar de forma ejemplar ultrajes como este» ya definían el rumbo del proceso y asomaban la culpabilidad previa de los acusados.

Entre el arresto y el minucioso y extenso segundo editorial del 22 de junio pasaron solo diez días. El Gobierno da a conocer pormenorizadamente las operaciones de narcotráfico realizadas por su gente entre 1986 y 1989. Pero a ese mismo Gobierno que antes había asegurado en documentos públicos que los hechos lo tomaron por sorpresa, podría formulársele una pregunta obvia: ¿En solo diez días recabaron tantos y tan precisos datos de operaciones de narcotráfico (en las que se admite de paso que Ochoa no participó)? Es imposible creer que no lo supieran, sobre todo si tenemos en cuenta la experticia, poder y control de los cuerpos policiales cubanos.

Entre el 25 y 26 de julio se llevó a cabo el Tribunal de Honor presidido por el general de división Ulises Rosales del Toro. Este primer acto fue una fragante violación del procedimiento legal del código militar cubano que establece que si un oficial comete un delito tipificado en el código de justicia, hay que esperar primero el juicio en el tribunal correspondiente y si resulta culpable se somete después a un Tribunal de Honor para el retiro de condecoraciones, grados y títulos.

Es deprimente el video en que Ochoa se declara merecedor de la pena capital y obedientemente sigue el guión bajo no sabemos qué coacciones. Como si esto no fuera suficiente, reitera su admiración por Fidel Castro y termina cumpliendo la grotesca demanda de infundir en el ánimo de sus hijos la idea de que, aunque lo condenan a la pena capital, la revolución actúa con justeza.

Es inevitable la asociación de este reality show con las purgas estalinistas de 1936 contra los dirigentes de la vieja guardia bolchevique, Zinóviev, Kaménev y Smirnov, forzados a auto incriminarse para condenarlos a pena de muerte y a algo peor: el derrumbe moral, la pérdida de la dignidad y la autotraición.

La jugada del Tribunal de Honor en la Causa 1 fue una estrategia magistral del comandante. Cuarenta y siete generales asumen el papel de fiscales y, con la aceptación del propio reo, lo declaran culpable por unanimidad. Se creó una amplia base de responsables en la condena a Ochoa que ningún jurado penal, en ese país y esas circunstancias, iba a contradecir.

El juicio sumario del Tribunal Militar Especial es la parte más inquisorial del espectáculo. En pantalla aparece un Ochoa degradado, vestido de civil, con gruesos lentes. Su actitud apática, huraña, difiere de la sostenida durante el tribunal de honor. Aunque pronto aflora el Ochoa desafiante, ya está resignado. No espera clemencia.

El fiscal, general de brigada Juan Escalona Reguera, emplea el tono moralizante del inquisidor, usa y abusa del sustantivo patria y la ironía cruel prevalecen en su interrogatorio. Los mea culpa, el ambiente opresivo, las mutuas acusaciones y los llantos histéricos crean un ambiente vejatorio y doloroso. Hombres curtidos que han ofrecido su vida por la supuesta revolución, ahora se presentan increpados, humillados…

El otro elemento que llama la atención es el papel que desempeña la defensa. Uno de ellos llegó a decir: «… debemos dejar sentado que defendemos a los acusados pero no a los graves delitos por ellos cometidos». ¿En qué cabeza cabe que alguien pueda defender un «delito»? Y qué abogado comienza el alegato de sus defendidos admitiendo «los graves delitos por ellos cometidos».

Una vez emitido el veredicto del Tribunal Militar Especial, que condenó a la pena capital a Arnaldo Ochoa, Antonio de La Guardia, Amado Padrón y Jorge Martínez, se convocó al Consejo de Estado en pleno con el propósito de escuchar las opiniones de cada uno de sus veintinueve miembros, incluyendo a su presidente Fidel Castro, también presidente del Consejo de Ministros, primer secretario del Partido Comunista de Cuba, miembro del buró político y de su comité central, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Todos sin excepción ratificaron la sentencia. Las palabras más utilizadas fueron «traición» y «muerte por fusilamiento. Cabe destacar la afirmación con que terminó Armando Acosta Cordero su intervención: «Yo, personalmente expreso mi criterio de absoluto convencimiento de que es indispensable, que es justo, que es humano, que es correcto, aplicar la condena por fusilamiento a los encartados…».

Como parte del reality show, Raúl Castro abre el camino al Gran Hermano y revela lo obvio: «Fidel ha estado conduciendo este proceso». El espectáculo está por terminar y el director que actuó tras bambalinas se presenta ahora para dar la estocada final.

El comandante en jefe inicia su monólogo, haciendo un superlativo canto a sí mismo. Celebra la transparencia, la participación, la cobertura informativa y la equidad del proceso como algo único. Reitera que no ejerció «la más mínima influencia» sobre el veredicto. Afirma que todos los miembros del Consejo de Estado se han pronunciado con total libertad y, cosa curiosa, «absoluta unanimidad».

Va desgranando un discurso con objetivos precisos: minimizar o descartar los méritos y el heroísmo del Ochoa militar en las misiones internacionalistas, adjudicándose él mismo toda la responsabilidad y honores para pasar seguidamente a desacreditar al condenado en términos personales y morales.

El componente político del proceso contra Ochoa —rival peligroso por su popularidad en el ejército revolucionario y su vinculación con los soviéticos del glasnost y la perestroika— se «tapa» con descalificaciones morales y una acusación aceptada internacionalmente: vínculos con el narcotráfico.

Los servicios de inteligencia de Estados Unidos ya habían descubierto las negociaciones de altos oficiales del Gobierno cubano carteles de la droga, algo que deja ver entrelíneas el libro Causa1/89. Sin tiempo que perder, el comandante monta la obra y como se dice popularmente «mata dos pájaros de un tiro».

Antes del amanecer del 14 de julio de 1989, los cuatro condenados fueron fusilados. Los llevaron a un potrero aledaño a la base aérea de Baracoa, al este de La Habana. Al pelotón se les dijo que habían sido escogidos para cumplir una alta y honrosa misión. A cada uno se le entregó un fusil AK nuevo. Varias cámaras de vídeo se asignaron para la «honrosa misión» por decisión del comandante en jefe, quien abrigaba la esperanza de que en el momento decisivo Ochoa perdiera el aplomo que lo caracterizaba. Previendo esa posibilidad mandó a grabar un pormenorizado vídeo de la ejecución para, dado el caso, mostrar a su antiguo aliado como un cobarde. Pero al observar las imágenes, según infidencia de un testigo, tuvo que admitir: «¡Se portó como todo un hombre!».

Yo era prácticamente un niño, y recuerdo en Radio Reloj la noticia, y hasta el último minuto la propaganda de la Causa 1/89. Fue el eslabón que no podía dejar suelta la dictadura del Comandante Fidel Castro.

Así terminaba el juicio más artístico que se tenga conocimiento en Cuba. Y lo interesante es que el verdadero chapucero e implicado aún viven y ese es Raúl Castro.

Publicado por Yordan Roque Álvarez

Nacido en Cuba en 1983, Ciego de Ávila, Profesor de Historia , escritor y periodista e investigador,trabajó en la prensa independiente de su país en la Agencia de Prensa Libre Avileña (APLA), emigró a Rusia en el 2013, donde realizó un diplomado de periodismo y trabajó como Guía Turístico en el Kremlin de Moscú, también fue colaborador del Comité de Asistencia Cívica de Moscú, en 2018 obtiene la ciudadanía española y se va ese país donde reside actualmente, fue Administrador General de la Editorial Ribadeo SLU y ha escrito varios libros entre sus obras está el libro "El camino angosto en busca de la libertad", "Juegos del Corazón", "La columna del Terror", "La Jungla de Espionaje"además de realizar investigaciones relevantes sobre el descubrimiento en Venezuela de Tropas Cubanas,. Ha residido además en Holanda, Alemania.

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