En historia de Domingo: El niño de Somosierra que nunca apareció.

Hay historias inexplicables de desapariciones, el caso que traer hasta hoy continúa siendo un misterio.

Juan Pedro Martínez Gómez, de diez años, viajaba con su familia en un camión cisterna donde el padre transportaba 23.000 kilos de ácido. Cuando descendía el puerto de Somosierra, el vehículo se estrelló en una de las curvas.

 El niño viajaba junto a sus padres en un camión cisterna cargado de ácido cuando el automóvil se salió en una de las curvas. Los cadáveres de Andrés y Carmen fueron encontrados, al contrario que el de Juan Pedro. Y en ese momento empezaron las dudas.

 ¿Viajaba el niño con sus familiares? ¿Estaba Andrés involucrado en el tráfico de drogas? ¿Habría entregado a su hijo en un intercambio con los narcos? Muchos son los rumores que han surgido desde ese momento; desde la desaparición de Juan Pedro en una camioneta junto a otros dos adultos o su paso por la Embajada de Estados Unidos. Aquí hoy recopilo los datos de una de las desapariciones más asombrosas y que todavía sigue manteniendo en vilo a un país entero.

Juan Pedro Martínez Gómez tenía nueve años cuando desapareció , vivía en Murcia con sus padres y tenía una magnífica relación con su familia materna. El joven era muy buen estudiante y, por ello, sus padres le ofrecieron viajar con ellos hasta Bilbao. Andrés, el patriarca, que trabajaba como camionero, debía llevar una gran cantidad de ácido sulfúrico a una empresa petroquímica de la ciudad.

El 25 de junio de 1986 los padres y el hijo emprendieron su camino desde Los Cánovas, una pedanía en la localidad murciana de Fuente Álamo. El porte que llevaba era de 20.000 litros de ácido sulfúrico olium, de 98 grados de pureza. Por el camino realizaron varias paradas. La primera de ellas se produjo en la Venta del Olivo, a poco kilómetros de Cieza. Más adelante, aparcaron en el pueblo coquense de Las Pedroñeras, donde estacionaron en la vía de servicio. El personal de la gasolinera les observó echándose una cabezada. El Mesón El Maño fue la última parada que realizó la familia, donde desayunaron. El camarero vio como los tres se montaban en la cabina y emprendían su marcha.

Del resto de trayecto poco se sabe, nada más que los datos aportados por el tacógrafo. Según los mismos, el vehículo llegó a realizar hasta doce paradas, mientras subía el puerto. Todas ellas de entre diez o quince segundos, lo que no serviría para cubrir ninguna necesidad fisiológica o urgencia. Una vez alcanzada la cima del puerto de Somosierra, el camión comenzó a descender a una velocidad de 140 kilómetros/hora. Se cree que debido al exceso de velocidad, el vehículo volcó en una de las curvas.

Tras el accidente, cundió el pánico en los alrededores de la antigua N-1. Una multitud, que no paraba de gritar, se reunió alrededor del vehículo. Del mismo, salía gran cantidad de ácido que destruyó todas las laderas hasta llegar al río Duratón. Además, estuvieron involucrados cuatro camiones más, aunque no se cobró ninguna otra víctica mortal. Ya han pasado casi 40 años y, aun así, el Juez de Paz que acudió a la escena recuerda cada detalle: “Nos encontramos una columna de humo enorme debido al contacto del ácido con el agua. Nadie se atrevía a acercarse”.

Cuando la Guardia Civil llegó se encontraron los cuerpos de los padres, que apenas tenían heridas por el líquido corrosivo. No había ni rastro de Juan Pedro. Parecía imposible que el niño se hubiera deshecho, como así mostraron las pruebas forenses. Todo apuntaba a que el menor no se encontraba en el vehículo en el momento del accidente. Los familiares, desde un principio, manifestaron su molestar con las pesquisas: “No se investigó entonces debidamente. Fueron dos primeros años vitales con muy poca atención para ayudarnos en nuestras búsqueda”, comentaba Juan García Legaz, portavoz de la familia.

Cuando se produjo el accidente, la Guardia Civil se encontró con los cadáveres de los dos padres. Los cuerpos especiales tardaron más de diez horas en sacar los restos de Andrés y Carmen del camión. No fue hasta que llamaron los abuelos del pequeño para preguntar por su nieto, cuando los agentes se enteraron que viajaba alguien más en el vehículo. Hasta ese momento, no cabía la posibilidad para la Guardia Civil que estuviera alguna persona más, junto a los padres, en la cabina del camión.

Según varios expertos, el niño no podría haber sobrevivido a un accidente de tal envergadura. Debido a la velocidad del camión y a la manera en la que había volcado, hubiera sido muy difícil encontrar a algún supervivientes entre los amasijos del vehículo. Además, según confirmó la autopsia, los padres habían fallecido en el acto.

A partir de ese momento, comenzaron a surgir nuevas sospechas y la opinión pública (y los medios de comunicación) se preguntaba dónde se encontraba Juan Pedro. Al tiempo, fue adquiriendo gran importancia la posibilidad de que los padres estuvieran involucrados en una red de tráfico de drogas. Algo que no negó la familia y apuntaron: “Andrés no estaba implicado voluntariamente en dicho negocio”. Voluntariamente, claro. Por ello, algunas personas afirmaban que podía haber sido presionado y que, posteriormente, hubieran retenido al pequeño para asegurarse la entrega. Andrés, que arrastraba muchas deudas, podría haber aceptado este trato o que, coaccionado, accediera a ello. 

Tras el accidente, el camión fue trasladado al municipio madrileño de Colmenar Viejo. Tras inspeccionar durante largas horas el automóvil, encontraron la goma de una zapatilla, que pertenecía a Juan Pedro. Esto ratificó que su cadáver no podía haberse disuelto en ese pequeño transcurso de tiempo. Además, se supo que el accidente se debió a un fallo mecánico de los frenos del automóvil.

Tiempo después, la Guardia Civil encontró, dentro de la cisterna, una lona blanca que contenía droga. El alijo estaba situado en un departamento secreto y rodeado de ácido, tanto por arriba como por abajo. El propietario de la cuba no se creía que Andrés tuviera relación alguna con cualquier tema de drogas o contrabando. “Pudieron quitarle al crío con amenazas para obligarle a hacer algo que no quería. Quizá lo forzaron a transportar la carga secuestrando al niño hasta que la mercancía llegara a Bilbao”, explicó a El Caso.

Una opinión que también compartía el portavoz de la familia: “Cerca del lugar del siniestro había un control policial. Está claro que los traficantes de droga obligaron a parar el camión y cogieron al crío de rehén, forzando circunstancialmente al padre a efectuar el transporte de droga”. Por tanto, la posibilidad de que Juan Pedro había sido raptado crecía según pasaban los meses.

Foto del accidente

La familia comenzó a recibir amenazas telefónicas por parte de una red delictiva “muy importante”. “Sabían que mientras no soltaran a su presa no había testigo alguno que pudiera denunciarles. Solicitamos la intervención de nuestros teléfonos, que se localizara a los titulares de furgonetas similares a la que se detuvo junto al camión y un montón de pesquisas más… Ni resultado ni ayuda alguna”, comentaba Juan.

Por tanto, varias fueron las hipótesis que barajó la benemérita. La primera de ellas era que el pequeño se había disuelto en ácido, algo que quedó totalmente descartado, ya que tendría que haber restos del cuerpo en el lugar del accidente. Otra posibilidad sería que el niño saliera despedido, quedando ocultos entre arbustos y ramas. La que más cobra importancia es la opción de que Juan Pedro no se encontrara con sus padres en ese momento. También, podría ser que el niño se hubiera escapado. Aun así, ninguna de estas convencían a los agentes.

Varios testigos observaron como el niño se subía en una furgoneta blanca junto a otras dos personas; un señor de mediana edad y una mujer anciana. Por tanto, el niño pudo ser secuestrado justo antes de que se produjera el accidente. Algo que explicaría las paradas que realizó la familia, mientras subía el Puerto de Somosierra.

Nada más se supo de Juan Pedro. Hasta que en 1987, el dueño de una autoescuela de Madrid, contó a los guardias que una anciana ciega y de origen iraní entró en su negocio preguntando por la Embajada de Estados Unidos. La acompañaba, a modo de lazarillo, un niño de unos 10 u 11 años, que tenía un acento parecido al andaluz y que se encontraba un poco desorientado. El dueño estaba convencido que el niño era Juan Pedro, lo juró y lo perjuró. Además, insistía que la señora mayor era la que apuntaban algunos de los testigos del accidente. Nada se supo de esta pista, ni de ninguna otra.

La familia de Juan Pedro Martínez Gómez sigue convencida que el niño no se encontraba en el camión en el momento del accidente. “En la última parada, la más larga, la de 22 segundos, dio tiempo a que al niño le hicieran algo, se lo llevaran”, comentaba Juan García. Además, apunta que han hecho todo lo posible, y todo aquello que estaba en sus manos, para dar con el paradero de su sobrino. Aun así, afirma que le “han faltado apoyos”. La desaparición de Juan Pedro es una de las más misteriosas de nuestro país, rodeada de hipótesis y sin ninguna pista clara o fiable que pueda indicar el paradero del niño.

Publicado por Yordan Roque Álvarez

Nacido en Cuba en 1983, Ciego de Ávila, Profesor de Historia , escritor y periodista e investigador,trabajó en la prensa independiente de su país en la Agencia de Prensa Libre Avileña (APLA), emigró a Rusia en el 2013, donde realizó un diplomado de periodismo y trabajó como Guía Turístico en el Kremlin de Moscú, también fue colaborador del Comité de Asistencia Cívica de Moscú, en 2018 obtiene la ciudadanía española y se va ese país donde reside actualmente, fue Administrador General de la Editorial Ribadeo SLU y ha escrito varios libros entre sus obras está el libro "El camino angosto en busca de la libertad", "Juegos del Corazón", "La columna del Terror", "La Jungla de Espionaje"además de realizar investigaciones relevantes sobre el descubrimiento en Venezuela de Tropas Cubanas,. Ha residido además en Holanda, Alemania.

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