Stalin la continuidad de Lenin

Hace unos días les comentaba sobre los asesinatos de Lenin y su participación directa en la muerte de millones de personas, hoy les voy a comentar de una figura que siguió a su maestro.

Aunque si podemos decir que a pesar de todo, dejó para Rusia algunos puntos positivos, pero a un precio enorme. Les hablo de Stalin.

Stalin

En sótanos de museos, en casas particulares esparcidas por toda la antigua Unión Soviética y hasta en una de las torres del Monasterio de Zagorsk se escondieron durante décadas centenares de cuadros de Velázquez, Goya, El Greco, Delacroix, Renoir, Monet, Cézanne, Signac, Degas y otros muchos maestros de la pintura universal. Obras de arte dadas por destruidas o desaparecidas desde la Segunda Guerra Mundial, que fueron saqueadas por el Ejército Rojo como botín de guerra. Stalin fue el precursor de estos saqueos, su orden fue clara:” tenemos que arrebatarle al enemigo todo lo que nos sirva para reconstruir Rusia.”

Pues aunque Hitler también hizo algo parecido, Stalin no se quedó atrás. Pero no solo por robar obras de artes o joyas, el ejército rojo robó dignidad, vidas.

Uno de los tabúes de la historia soviética, y ahora rusa, fue el comportamiento de las tropas del ejército rojo que entraron en Berlín en mayo de 1945. Se calcula que fueron violadas cerca de 2 millones de mujeres es decir las damas eran parte del trofeo de guerra. La cifra es solo para estadísticas, pues el horror quedó impregnado en las alemanas y todavía en el siglo XXI, a 75 años del final de la guerra en Europa, prefieren no ahondar en el tema.

Las tropas nazis, tanto del ejército como las SS, cometieron horrendos crímenes en Polonia, Ucrania o Rusia. La mayoría de estos desafueros están documentados, expuestos durante el juicio de Nuremberg, en museos de decenas de países, desde Israel hasta Lituania. Babi Yar y Lidice; y Le Paradise y el Gueto de Varsovia son ejemplos. Pero los atropellos de las tropas soviéticas en Berlín han sido tabúes, tanto para los que los cometieron como para las víctimas que prefirieron el silencio que al escarnio.

Antes de entrar la tropa soviética en Berlín los alemanes conocían de las atrocidades ocurridas en octubre de 1944 en la aldea Nemmersdorf, en la entonces Prusia Oriental (ahora Kaliningrado como parte de la Federación Rusa). Hasta la propaganda nazi tuvo tiempo de documentar el asesinato y violación de decenas de mujeres y el asesinato de prisioneros de guerra belgas y francesas. El historiador británico Ian Kershaw Alfred-Maurice de Zayas, abogado cubanoamericano, han expuesto en sus trabajos investigativos los horrores de aquel otoño en la primera aldea alemana que fue ocupada por tanquistas soviéticos.

Igual suerte sufrieron las polacas en Cracovia y en toda Polonia se calculan fueron más de 100 mil las mujeres las que terminaron sometidas bajo el soldado soviético.

Inclusive las soviéticas que fueron enviadas como Ostarbeiter (trabajadores del Este) a laborar a Alemania eran sometidas a los apetitos sexuales de sus coterráneos del ejército rojo.

La conocida orden Número 006 del Mariscal Konstantin Rokossovky, de enero de 1945, que pedía dirigir “los sentimientos de odio hacia la lucha contra el enemigo en el campo de batalla” y amenazaba con castigos a los saqueadores, violadores y ladrones en las filas castrenses fue repetida por otros jerarcas militares como Iván Konev y Georgi Zhukov meses después.

Violar a una alemana y tener un reloj escamoteado a un alemán eran parte del trofeo de guerra del soldado soviético.

Las noches en Berlín eran sinónimo de pillaje, de desenfreno sexual, de erotismo cuartelero, lujuria salvaje. Y como relata Beevor; las madres alemanas buscaban agua en balde al amanecer, cuando los militares dormían, después de las bacanales nocturnas. Las violaban en grupo, con la pistola dentro de la boca, como las ventanas de cristales habían desaparecido por semanas de combates, en las calles se oían los gritos desesperados de las violadas.

Dos hospitales berlineses tienen registrados de 95 a 1340 mil casos de violaciones en sus archivos, constata Beevor. En total, afirma el historiador británico, se calculan unos dos millones de mujeres violadas y gran porcentaje de forma múltiple. Lo acontecido en Berlín, estima Beevor, es la mayor violación colectiva de la historia.

Los relatos son tan diversos como el dolor humano. Unas soportaron con estoicismo la humillación para salvar la vida de la familia, la que indicó el escondite de otras mujeres para que no violaran a su hija, la que fue a quejarse ante el oficial suprior soviético para ser de nuevo violada. Otros no hablaron nunca del trauma sufrido esos meses, borraron de sus memorias las horas en que fueron usadas. En un hogar eran violadas la menor de edad, la madre y la abuela.

Los hombres que salían en defensa de las mujeres eran ultimados de un disparo en la cabeza, en la mayoría de los casos eran esposos o padres de la ultrajada. Y la penicilina fue el producto más codiciado del mercado negro por la cantidad de casos de enfermedades venéreas. La propaganda estalinista enseguida lanzó una de sus “medidas activas” al propagar la información que los nazis habían infectado con gonorrea y sífilis a las berlinesas para contagiar a los soldados y oficiales del Ejército Rojo o que las muchachas alemanas de los llamados destacamentos “lobos de la defensa (Werwolf) se infectaban con esas enfermedades para trasmitirla a los soviéticos.

El capitán del Ejército Rojo Alexander Solzhenitsin fue detenido en febrero de 1945 estando en Prusia. Le acusaron de criticar a Stalin en carta a un amigo. Lo enviaron a los campos de concentración en la Siberia. Allí escribió Archipiélago GULAG y unos poemas poco conocidos, con el título de Noches Prusianas – “La pequeña hija está en el colchón, / Muerta. ¿Cuántos han estado en ella? / Un pelotón, compañía, ¿tal vez? / Una niña ha sido convertida en mujer, / una mujer se convirtió en cadáver”

La movida rusa fue desgarradora, pero sin embargo en las escuelas adoctrinadas de los progresistas actuales no se habla de esta realidad histórica, ni se menciona.

Ya desde 1929 Stalin comenzó a preparar su industria para producir armas en inmensas cantidades en un proceso conocido como “milagro económico” que acabó con la vida de millones de personas; esclavos en tiempos de paz.

Tras una cruenta guerra civil en la que los comunistas lograron afianzar su poder en Rusia, en mayo de 1929, el V Congreso de los Soviets de la URSS aprobó el primero de los planes quinquenales sobre los que Stalin cimentaría la nueva economía del país, orientada a la industria pesada y a la fabricación de ingentes arsenales.

Durante la paz comunista, en el extranjero y en la propia Rusia se hablaba de “milagro económico”, ya que fue realmente sorprendente observar como un país atrasado y agrario pasó a convertirse en la primera potencia industrial del continente y la segunda del mundo en términos de volumen de producción.

Pero en realidad, no hubo ningún milagro porque Rusia nunca ha sido un país atrasado. El país ya reunía desde hacía siglos algunos de los rasgos que caracterizan a las civilizaciones más desarrolladas.

A la propaganda soviética le gustaba definir a su ejército como subdesarrollado incapaz, pero durante la Primera Guerra Mundial, la Rusia zarista entró en combate con la aviación militar más numerosa y avanzada (eran los únicos que poseían aviones cuatrimotor).

La Primera Guerra Mundial trajo un nuevo récord de producción de proyectiles, que se batió en Rusia con la fabricación de 13.500 millones de balas y obuses. Cabe destacar que las armas y municiones producidas durante el mandato del último zar ruso fueron suficientes para toda la Guerra Civil, que se prolongó hasta 1922.

El poder de Rusia siempre estuvo marcado por su expansión y el hurto en sus guerras, pero en la época de la Segunda Guerra Mundial a parte de robar pues también violar a las mujeres al estilo más bárbaro fue una primicia del ejército rojo.

Muchos de los Alemanes presos en la Segunda Guerra Mundial murieron reconstruyendo Rusia, las “siete hermanas” que en su momento fueron los rascacielos más grandes del mundo casi todas tuvieron como constructores a los Alemanes, jornadas de hasta 16 horas y una comida al día, la mayoría murieron en esas construcciones.

Iósif (en ruso) Stalin no inventó nada en cuanto a represión, simplemente continuó con la obra bolchevique allí donde la dejó Vladímir Lenin, cuyo exitoso golpe de Estado en 1917 fue seguido de la creación de la «Comisión extraordinaria de lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución», comúnmente conocida como Checa. Inspirados por el ejemplo jacobino de la Revolución francesa, los bolcheviques anunciaron el «terror rojo» para oponerse al «terror blanco». El primer anuncio oficial de esta campaña represiva, publicado con el título de «Llamamiento a la clase obrera», el 3 de septiembre de 1918.

La represión contra los enemigos del régimen se desplegó en su máxima expresión a partir del verano de 1918, tras la insurrección de los socialrevolucionarios de izquierda de Moscú. Millares de presos y de sospechosos fueron masacrados a lo largo de toda Rusia, siendo el primer acto de una Guerra Civil entre los bolcheviques y el resto de fuerzas que se cobró alrededor de nueve millones de vidas, entre muertes directas y las provocadas por la ruina y la hambruna generalizada.

Durante el golpe y la guerra civil, Stalin ocupó distintos puestos en el régimen leninista, entre ellos el de comisario político en el Ejército Rojo, comisario del Pueblo de Asuntos Nacionales (1917-1923) y secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética desde 1922. Una secretaría que empleó para extender su poder a otras instituciones soviéticas y para, tras la muerte de Lenin en 1924, sofocar gradualmente a todos los grupos opositores dentro del Partido Comunista. Esta primera purga incluyó a León Trotski , que fue desterrado de la Unión Soviética en 1929.

A partir de 1930 se desencadenó la llamada Gran Purga o Gran terror de Stalin. Cientos de miles de miembros del Partido Comunista Soviético , socialistas, anarquistas y opositores fueron perseguidos, juzgados y, finalmente, desterrados, encarcelados o ejecutados en los campos de concentración gulags.

Todo ello sirvió a Stalin para consolidar su poder y limpiar la disidencia trotskista y leninista de todos los órganos soviéticos. De los seis miembros del Politburó original (el máximo órgano de gobierno), únicamente Stalin sobrevivió a su ascenso, mientras cuatro fueron ejecutados y Trotsky, desterrado, sería asesinado en México en 1940. A su vez, de los 1.966 delegados del XVII Congreso del Partido Comunista celebrado en 1934, 1.108 fueron arrestados y encarcelados para ser ejecutados en la mayoría de casos.

Esta política de gulags también afectó al Ejército Rojo. Tres de los cinco mariscales; 13 de los 15 comandantes de ejércitos; 8 de los 9 almirantes; 50 de los 57 generales de los cuerpos de ejército; 154 de los 186 generales de división; todos los comisarios del ejército y 25 de los 28 comisarios de los cuerpos de ejército, de la Unión Soviética fueron juzgados y condenados por razones políticas. El resultado fue la disminución del poder operativo de las Fuerzas Armadas a cambio de un aumento de la fidelidad ideológica de cara a la inminente Segunda Guerra Mundial. Comandantes fanáticos, pero inexpertos.

Según la «Encyclopædia Britannica» se estima que entre seis y ocho millones de personas murieron debido a la hambruna, siendo la mayoría de los fallecidos de origen ucraniano. No en vano, el historiador británico Robert Conquest advierte, en su libro «La cosecha del dolor: La colectivización soviética y la hambruna de terror», que si se extiende la muestra de 1930 a 1937 los campesinos muertos se elevan hasta los once millones.

Un millón de kazajos falleció en esta hambruna debido a que fueron sedentarizados a la fuerza y privados de sus ganados; en tanto, la cercana Ucrania sufrió lo peor de la escasez de alimentos. Al imponer la colectivización de la agricultura en este territorio, Stalin inició una auténtica guerra contra los «kulakos», los campesinos propietarios, de modo que la hambruna devastó a la población rural y se extendió a las ciudades. La policía secreta se dedicó a realizar inspecciones aleatorias y a apropiarse de la comida escondida por los campesinos. Centenares de miles de ucranianos fueron deportados en programas de colonización a Siberia, mientras se vivían situaciones de canibalismo entre los que insistieron en quedarse en la tierra de sus padres.

«Cada noche traen unos 250 cadáveres entre los que un número muy elevado no tiene hígado. Les ha sido quitado a través de un corte muy ancho. La policía acaba de atrapar a algunos “amputadores” que confiesan que con esa carne confeccionaban un sucedáneo de pirozki (empanadillas) que vendían inmediatamente en el mercado», dejó registrado un cónsul extranjero sobre las imágenes de terror que se sucedieron en Járkov. Cuando el «Holodomor» alcanzó su momento álgido, se calcula que morían unas 25.000 personas cada día en Ucrania.

A todas las muertes provocadas directamente por órdenes de Stalin se podría sumar las bajas derivadas de la Segunda Guerra Mundial . En este conflicto Stalin viró de una alianza con la Alemania Nazi al principio de la guerra hasta una lucha sangrienta contra las tropas alemanes que, hasta la toma soviética de Berlín, causó la muerte de 8,5 millones de soldados y 17 millones de civiles, así como la pérdida del 30% de la riqueza natural de toda la URSS. El dictador suplió el mal armamento y adiestramiento de sus hombres a base de ingentes cantidades de combatientes: la masa interminable de soldados fue su mejor baza en la guerra.

Pero no solo de matar rusos vivía el estalinismo. Entre 1940 y 1941, unos 170.000 habitantes de países bálticos fueron enviados a campos soviéticos. Y, en años posteriores, se repitió la deportación hasta alcanzar al 10% de población de antiguas repúblicas bálticas, unas 250.000 personas, incluidos funcionarios e intelectuales. Asimismo, la masacre de Katyn inauguró en 1940 el desmantelamiento de toda la estructura nacional polaca. Cuatro millones de polacos de la parte que anexionó Stalin fueron consignados a Gulag, de los que apenas uno de cada tres sobrevivió para ser repatriado a partir de 1956.

Alexánder Solzhenitsyn se hizo muy popular en plena Perestroika con su libro «Archipiélago Gulag», donde estimó en 66,7 millones de víctimas del régimen soviético entre 1917 y 1959. Sin embargo, hoy esa cifra se encuentra bajo cuarentena ante la dificultad de separar hambrunas, desplazados, bajas militares, represaliados y exiliados. A partir de 1991, se pudo acceder a los archivos oficiales y proponer datos basados en documentación soviética. Los autores de «The Road to Terror: Stalin and the Self-Destruction of the Bolsheviks, 1932-1939» calculan que solo en la Gran Purga se vieron afectadas unos cuatro millones de personas, pero incluso aquí es complicado separar a los fusilados y asesinados en los interrogatorios de los que huyeron al extranjero o fueron enviados a regiones del norte.

Publicado por Yordan Roque Álvarez

Nacido en Cuba en 1983, Ciego de Ávila, Profesor de Historia , escritor y periodista e investigador,trabajó en la prensa independiente de su país en la Agencia de Prensa Libre Avileña (APLA), emigró a Rusia en el 2013, donde realizó un diplomado de periodismo y trabajó como Guía Turístico en el Kremlin de Moscú, también fue colaborador del Comité de Asistencia Cívica de Moscú, en 2018 obtiene la ciudadanía española y se va ese país donde reside actualmente, fue Administrador General de la Editorial Ribadeo SLU y ha escrito varios libros entre sus obras está el libro "El camino angosto en busca de la libertad", "Juegos del Corazón", "La columna del Terror", "La Jungla de Espionaje"además de realizar investigaciones relevantes sobre el descubrimiento en Venezuela de Tropas Cubanas,. Ha residido además en Holanda, Alemania.

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