En Historias de Domingo: El asesino del ajedrez

“Estoy de luto por mi perro”. Esa era la excusa que Alexander Pichushkin utilizaba para acercarse a sus víctimas y ganar su confianza. Lo hacía después de merodear durante varias horas por el parque Bittsevsky, al sur de Moscú, hasta localizar a la persona correcta. Normalmente elegía a indigentes que pernoctaban en la zona y se apiadaban de la triste historia de su interlocutor. Nada les hacía sospechar que tras esa apariencia de hombre educado se escondía una mente retorcida y macabra. Cuando conseguía aislarlos, la emprendía a golpes con el mayor sadismo posible.

Tal era la saña con la que atacaba a estos desconocidos que utilizaba martillos, palos o botellas para destrozar sus cráneos. Tras los crímenes, este serial killer llegaba a casa, sacaba su tablero de ajedrez y tapaba uno de los casilleros con una moneda. Quería cubrirlos todos. Ese era el objetivo del apodado como ‘el ajedrecista asesino’.

Nacido el 9 de abril de 1974 en Mytishchi, (ciudad cercana a Moscú) durante el periodo de la antigua Unión Soviética, Alexander Pichushkin tuvo una infancia muy complicada. De padre alcohólico y violento, el pequeño se crió en un ambiente muy hostil hasta que su progenitor decidió abandonarlos a él y a su madre. Aquello supuso una brecha emocional en la mente del pequeño que intentó compensar con la presencia de su abuelo.

Nieto y abuelo acudían diariamente al parque Bittsevsky -el que con los años sería centro neurálgico de sus asesinatos- para pasear y charlar durante horas. De él le venía su afición por el ajedrez y las damas. No había día que no sacasen el tablero para jugar.

Y es que Alexander casi no se relacionaba con otros niños, no congeniaba con ellos, no se mostraba sociable, no hablaba, estaba casi siempre solo… Y, cuando lo hacía, sacaba un temperamento muy agresivo. Daba igual que el niño en cuestión fuese mayor que él, al muchacho no le importaba empezar una pelea y terminar a puñetazos.

Parece ser que aquí influyó el accidente que con cuatro años tuvo al caerse de un columpio. El fuerte golpe que sufrió en la cabeza le provocó importantes daños cerebrales y tuvo que acudir a un colegio especial para personas con discapacidad. Este hecho y su fascinación en la adolescencia por Andrei Chikatilo, ‘el carnicero de Rostov’, sembraron en él la semilla de la violencia.

Alexander se entendía más con los animales que con las personas. Tras la muerte de su abuelo, cayó en depresión y, para animarle, su madre, decidió adoptar uno. Esto le sirvió para mejorar su humor y para continuar acudiendo al parque, lugar preferido de nieto y abuelo. Pero aquella bonita experiencia se tornó en una obsesión. Algo en él cambió y comenzó a refugiarse en el alcohol.

Tampoco le ayudó enamorarse de Olga Maksheeva, una adolescente de 17 años que vivía en su barrio. Tras varios encuentros, ella dejó de llamarle para comenzar a salir con otro compañero de clase, Sergei Kozyrev. Aquello enfadó sobremanera a Pichushkin, hasta el punto de desembocar en su primer asesinato.

A Alexander se le iban acumulando las carencias afectivas y también las frustraciones. Por eso decidió matar a Sergei. Era 1992, contaba con dieciocho años y tenía claro que quería deshacerse de su rival. Llegó a la casa del muchacho y, tras una acalorada discusión por Olga, el asesino lo lanzó por la ventana, lo que provocó que Sergei se precipitara al vacío y muriera en el acto. Cuando llegaron las autoridades, creyeron que se trataba de un suicidio.

Además, el testimonio de Pichushkin le descartaba como sospechoso, así que no continuaron con la investigación. Sin embargo, años después y tras ser arrestado como responsable de 48 muertes, el joven recordó aquel momento: “Fue como el primer amor: inolvidable”

Desde 1992 hasta el año 2000, Alexander vivió en lo que podemos denominar un letargo criminal. No evidenciaba tantos comportamientos agresivos para con los demás e, incluso, se mostraba amable y sensible. Hasta que ocurrió una desgracia: la muerte de su perro. Esta tragedia lo llevó de nuevo a caer en depresión, a refugiarse en el alcohol y a desencadenar en él tendencias homicidas. Acababa de despertarse un nuevo asesino en serie en Moscú.

Durante el día, Pichushkin llevaba una vida de lo más rutinaria. Trabajaba como reponedor en un supermercado, seguía jugando al ajedrez y, a veces, terminaba su jornada paseando por Bittsevsky. Llegada la noche, aquellos paseos por el parque se tornaban en salvajes crímenes.

Durante seis años, la población moscovita vivió aterrorizada porque un asesino en serie mataba de forma indiscriminada. En 2001, por ejemplo, once personas fueron asesinadas brutalmente y abandonadas en las alcantarillas de la ciudad. Seis de ellas en tan solo un mes. Aquellos primeros asesinatos de Alexander evidenciaban su ansia por matar y su falta de control. A esto hay que añadir la satisfacción que le producía saber que la Policía no lograba poner freno a esa escala de violencia.

Las autoridades daban palos de ciego continuamente. Sabían que tenían un asesino suelto deambulando por el parque Bitsevski, pero no había forma de darle caza. Pichushkin conocía a la perfección el lugar y cómo escapar.

Además de utilizar dicha localización como el parque de los horrores, Alexander fijó su propio modus operandi. Primero observaba a las víctimas de lejos tratando de encontrar a quien picase en el anzuelo de su historia, la muerte de su perro. Normalmente se fijaba en personas sin hogar. Les resultaban más inocentes.

Una vez elegida, se acercaba y les decía llorando que estaba de luto. Quería dar pena para ganar su confianza. Ahí era cuando pedía que le acompañasen a la tumba del animal para tomarse una copa. Esta excusa la utilizó solo con hombres, pues con mujeres su estrategia era la de ligar para tratar de tener una cita.

Una vez que las víctimas habían ingerido bastante alcohol, Alexander las atacaba sorpresivamente por la espalda y las asesinaba a martillazos. Golpeaba con tal contundencia que llegaba a incrustarles parte del objeto en la cabeza. De ahí su famosa frase: “Me gusta el sonido de un cráneo partiéndose”. Tras los innumerables golpes realizados con un martillo, con una tubería y hasta con una botella de vodka, el homicida arrastraba los cuerpos hasta el alcantarillado. Allí abandonaba los cadáveres hasta que alguien los descubría.

“Me agradaba ver la agonía de las personas”, afirmó ante el tribunal. Alexander jamás negó que disfrutaba matando cruelmente a sus víctimas. Aquellas que sobrevivieron –tres en concreto- relataron su forma encarnizada de agredirlas.

Con cada asesinato, Alexander fue aumentando el ensañamiento hacia sus víctimas. Los ataques comenzaron a ser más despiadados pero también menos planificados y arriesgados. Esto lo llevaba a abandonar apresuradamente la escena del crimen y, por consiguiente, a no esconder el cadáver completamente destrozado. Los hallazgos eran más fáciles y más rápidos, y esto benefició a los investigadores que, finalmente, dieron con un patrón común en 2003.

Por otra parte, las filtraciones a la prensa fueron un continuo y la población empezó a tener miedo. Los medios informaban sobre el asesino en serie que actuaba en Bittsevsky y los titulares se llenaron de apodos como ‘el maníaco de Bittsevsky’ o ‘la bestia de Bittsa’. Todavía nadie sabía que Pichushkin utilizaba un tablero de ajedrez a modo de guía.

Si en 1992 Alexander mató a Sergei porque comenzó a salir con su exnovia Olga, en 2002, el cuerpo de la joven fue encontrado en el parque de los horrores. No fue la única persona de su círculo más cercano que terminó siendo asesinada. La última, Marina Moskaleva, una compañera de trabajo que jamás regresó a casa. Tras desaparecer el 14 de junio de 2006, su hijo dio la voz de alarma. Su madre le había dejado una nota al lado del contestador diciéndole con quién salía aquella noche. El nombre en cuestión: Alexander Pichushkin. Y junto a él, el teléfono de contacto.

Cuando los agentes acudieron al domicilio del asesino dos días después, este no opuso resistencia alguna. Tumbado en la cama, espetó: “¿La Policía? Debe ser para mí. Dejen que me vista”.

Durante el registro de la vivienda, la Policía encontró un martillo con manchas de sangre y un tablero de ajedrez. Sobre él no había figura alguna sino monedas. Un total de 61 pegadas en cada casillero y cada una representando, según él, cada asesinato cometido. Faltaban tres por rellenar.

Esta macabra prueba se utilizó en el juicio para demostrar los crímenes de Pichushkin; en cambio, en el depósito solo había 48 cadáveres. Faltaban trece por encontrar, pero jamás se hallaron. A partir de entonces, los medios lo bautizaron con el sobrenombre de ‘asesino del ajedrez’.

Publicado por Yordan Roque Álvarez

Nacido en Cuba en 1983, Ciego de Ávila, Profesor de Historia , escritor y periodista e investigador,trabajó en la prensa independiente de su país en la Agencia de Prensa Libre Avileña (APLA), emigró a Rusia en el 2013, donde realizó un diplomado de periodismo y trabajó como Guía Turístico en el Kremlin de Moscú, también fue colaborador del Comité de Asistencia Cívica de Moscú, en 2018 obtiene la ciudadanía española y se va ese país donde reside actualmente, fue Administrador General de la Editorial Ribadeo SLU y ha escrito varios libros entre sus obras está el libro "El camino angosto en busca de la libertad", "Juegos del Corazón", "La columna del Terror", "La Jungla de Espionaje"además de realizar investigaciones relevantes sobre el descubrimiento en Venezuela de Tropas Cubanas,. Ha residido además en Holanda, Alemania.

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