El fracaso de la economía, el cuentapropismo y el infierno que se viene a la dictadura cubana.

Tanto Cuba como Venezuela actúan a la desesperada. Pese a las reformas, ninguno de los dos regímenes piensa ir más allá de lo estrictamente necesario.

En Cuba se da una peculiar paradoja laboral. Los camareros ganan más dinero que los ingenieros y los guías turísticos más que los cirujanos. No es que no haya menos demanda de ingenieros o de cirujanos, nada de eso, esta paradoja se explica porque el trabajo de camarero o el de guía turístico puede realizarse por cuenta propia mientras que si es ingeniero y quiere trabajar de tal tiene que hacerlo necesariamente para el Estado. Esa es la razón por la que en Cuba hay tanto arquitecto, médico o biólogo en empleos para los que están sobrecapacitados. 

En el sector privado se tiene, además, acceso a divisa fuerte como el dólar o el euro proveniente de los turistas. En el sector público impera el peso cubano.

Esto es algo que saben todos los cubanos y se duelen por ello. No compensa esforzarse y estudiar una carrera complicada como Medicina si al final uno va a tener que trabajar obligatoriamente en el sector público; ya en un hospital cubano en los que suele faltar de todo, ya como médico internacionalista destinado en Venezuela donde el Gobierno cubano se llevará la mayor parte del sueldo y te dejará una mínima parte.

Cuando Miguel Díaz-Canel se hizo con la presidencia de Cuba hace ya casi tres años sucediendo a Raúl Castro una de las esperanzas de toda la sociedad cubana era que sacase adelante reformas económicas (las políticas ni las contemplan porque saben que el Partido Comunista no abrirá el juego político) que permitan a más cubanos incorporarse al sector privado.

El régimen siempre fue reacio a eso. El llamado “cuentapropismo” se mira con lupa y desconfianza. Los caciques castristas temen que una sociedad civil enriquecida reclame libertades políticas. El castrismo, como cualquier otra república popular, se sostiene sobre una masa de desheredados que todo lo esperan del Gobierno y que dedican más tiempo resolviendo las perentorias necesidades del día que pensando en política.

Durante los años del subsidio soviético ni se plantearon modificar nada porque no hacía falta, el país estaba cerrado a cal y canto y apenas entraba información del exterior. A la caída de la URSS con el llamado periodo especial, Fidel Castro evitó cualquier tipo de apertura económica porque sospechaba que tras ella vendría la política como había sucedido en el este de Europa. Tras aquello llegó el subsidio venezolano que inyectó al régimen cubano millones de petrodólares.

El parque temático socialista de los hermanos Castro prorrogó así su existencia unos cuantos años más.

Pero Venezuela empezó a fallar a principios de la década pasada a causa de los excesos del chavismo. En La Habana ya no mandaba Fidel, sino Raúl, algo más práctico y realista que su hermano. Dio comienzo entonces una leve apertura que se sustanció en una serie de reformas menores entre las que figuraba la de los “cuentapropistas”.

En 2010 permitieron que un número limitado de oficios pudiese desarrollarse por cuenta propia. Se elaboró una lista de 127 profesiones que quedaban liberalizadas, la mayor parte de ellas relacionadas con los servicios y el turismo, que, tras la implosión de la economía venezolana, es con diferencia la primera fuente de divisas del país.

Con Díaz Canel las reformas continuaron, aunque ahora a mayor ritmo y empujados por la necesidad. El año pasado se suprimió la libreta de abastecimiento, algo con lo que los cubanos convivían desde los años 60, y se anunció la unificación cambiaria, que puso fin al peso convertible, creado hace un cuarto de siglo durante el periodo especial. El 1 de enero, después de más de una década de debate, el Gobierno puso fin a su sistema de doble moneda que distorsionaba la economía.

El peso cubano superviviente se ha fijado en 24 pesos por dólar estadounidense (aunque lo cierto es que se cotiza a 50 dólares en el mercado negro). Las empresas estatales, que podían ocultar sus pérdidas valorando artificialmente cada uno de sus pesos cubanos en un dólar, ya no pueden permitirse ese lujo. Esto seguramente dará lugar a ajustes en las infladas plantillas de las empresas estatales. El Gobierno espera que los trabajadores despedidos se conviertan en “cuentapropistas”.

La unificación monetaria es sólo una de las razones que han llevado a Díaz-Canel a abrir la mano y permitir que más oficios se incorporen al régimen de cuenta propia, pero hay más. La otra es el impacto de la covid que ha dejado a la economía cubana en el esqueleto y sin subsidio exterior del que echar mano. El PIB cubano se desplomó, según el Gobierno, más de un 11% en 2020 y las exportaciones de azúcar se acercan a sus mínimos históricos. Para colmo de males, en 2019, la administración Trump restringió los viajes de estadounidenses a Cuba y el envío de dinero de cubanoamericanos a familiares en la isla. Estados Unidos ha impuesto también sanciones a los operadores petrolíferos que transportan crudo de Venezuela a Cuba. Como muestra, el año pasado Western Union, una empresa de servicios financieros muy utilizada por los emigrantes de todo el mundo para enviar remesas, tuvo que cerrar sus establecimientos en Cuba.

Las sanciones más la covid-19 redujeron el número de turistas de los cuatro millones previstos a 80.000 el año pasado. Los hoteles de lujo en La Habana, construidos por el ejército con la ayuda de préstamos misteriosos (quizá venezolanos), están vacíos. Para los cubanos de a pie la comida escasea. De modo que algo había que hacer y hacerlo rápido porque Cuba se encaminaba directa a un nuevo periodo especial como el de los años 90 con la diferencia de que Díaz-Canel no es Fidel Castro, ni la Cuba de 2021 es la de 1991. El cubano medio hoy tiene mejor acceso a la información exterior gracias a Internet (y a los turistas) y la mística de la revolución, que aún se mantenía en el 91, hoy ha desaparecido prácticamente por completo. De hundirse la economía como lo hizo hace treinta años es posible que se llevase consigo al propio régimen.

Con todo, no es propiamente una liberalización. Los oficios que requieren mayor cualificación siguen bajo control exclusivo del Estado y no se ha regulado la figura del empresario, las empresas no gozan de personalidad jurídica propia y la inversión extranjera está muy restringida y sometida a condiciones leoninas. El Gobierno mantiene el control de todas las grandes industrias y tiendas mayoristas, lo que restringirá las opciones de los cuentapropistas para obtener suministros. El estado seguirá monopolizando servicios profesionales como la arquitectura o la contabilidad. Para muchos que habían depositado grandes esperanzas en las reformas de Díaz Canel ha sido una gran decepción.

Las reformas en Cuba coinciden en espíritu y en el tiempo con las que Nicolás Maduro está realizando en Venezuela. Durante años, la Venezuela chavista machacó a la empresa privada con expropiaciones y controles de precios, pero nunca terminó de prohibirla. La economía tocó fondo el 2018 con desabastecimiento general, apagones continuos y desnutrición. Llevan casi siete años en recesión. Su deuda está disparada, la mala gestión en PDVSA provocó la caída de la producción de petróleo y las sanciones impuestas por la administración Trump en 2019 arruinaron las exportaciones de crudo.

Aquello era un polvorín. Maduro, temeroso de que otra facción revolucionaria le sacase de ahí, empezó el año pasado a virar el rumbo de la nave con una batería de medidas económicas a las que no ha dado demasiado bombo porque ponen en solfa a la propia revolución. Eliminó el desconcertante sistema de múltiples tipos de cambio en 2018. El año pasado se permitió que el dólar, al que hasta hace no tanto se referían como “dólar criminal”, circule libremente. Hoy los billetes verdes son mucho más comunes en las calles de Caracas que los billetes de bolívar, tan devaluados que el Gobierno no alcanza a imprimir lo suficiente para satisfacer la demanda.

El país, en definitiva, se ha dolarizado por la vía de los hechos. Ya no se aplican controles de precios e incluso ha subido el precio de la gasolina por primera vez desde 1996. Las gasolineras estatales, de hecho, cobran en dólares. Las tiendas, que quedaron vacias por la fijación de precios, ahora están bien abastecidas. Como muestra, en enero reabrió el concesionario de Ferrari en Caracas que llevaba varios años sin existencias. Esto dio lugar a una importante polémica en redes. En el campo, grandes extensiones de tierra que Chávez una vez prometió dar a los campesinos empobrecidos están siendo adquiridas por personas que se enriquecieron con el capitalismo de amigotes practicado por su sucesor.

La que antaño fue la joya de la corona de la revolución bolivariana, PDVSA, está redimensionándose. El decrépito monopolio petrolero, que en 2012 empleaba a 150.000 personas, ahora tiene una fuerza laboral de 111.000. y PDVSA se ha abierto incluso a trabajar con pequeños contratistas nacionales para operar sus campos petroleros.

Como vemos, tanto Cuba y Venezuela actúan a la desesperada. Ninguno de los dos regímenes piensa ir más allá de lo estrictamente necesario. Toda reforma está condicionada a que sobrevivan respectivos Gobiernos. Tan sólo están haciendo una purga de excesos pasados que les permita seguir en el poder. Pueden permitírselo porque la población de ambos países está habituada a la escasez y cualquier mejora les parece un milagro. En otras circunstancias y con otros gobiernos sería el FMI quien se encargase de tutelar el ajuste mediante préstamos, pero Cuba no forma parte del FMI y a Venezuela no le van a dejar ni un centavo, así que las reformas tienen que hacerlas por su cuenta. El Gobierno de Maduro continuará financiando su enorme déficit presupuestario haciendo que el Banco Central cree dinero mientras entran dólares vía la exportación para mantener la economía funcionando. Una economía dual en la que la riqueza o la pobreza la marcará el acceso a esos dólares.

Al final, todo el experimento socialista de transformación productiva pergeñado por Fidel Castro y Hugo Chávez hace más de veinte años ha quedado en esto, en un ajuste de caballo y el reconocimiento tácito de la supremacía del dólar y de la economía de libre mercado.

La realidad actual es que directamente el cubano en sólo dos meses de ordenamiento comienza a sufrir los errores planificados del régimen para tratar de sobrevivir al desastre económico.

Muchos creen que el gobierno no prever lo que hoy pasa sin embargo auque parezca insólito todo a punta que realmente sabían lo que vendría con el llamado ordenamiento, sin embargo creo que lo no tuvieron presente fue hacer estos cambios bruscos en momentos cruciales para el mundo con el tema del Covid-19.

El experimento fallido sucumbe cada vez más, la inflación y los efectos que comienzan a tocar prácticamente la puerta de los años 90 ya es un suceso.

El deterioro de los “logros de la Revolución” cada vez es más palpable, la salud por ejemplo se ha convertido en un punto crítico donde las personas están muriendo por falta de medicamentos, la educación enfrenta una crisis de calidad visible, que cada año se refuerza con graduados menos capacitados. El deporte una de las grandes glorias de los logros de Fidel cada vez se vuelve más mediocre, y en la política el régimen pierde credibilidad entre aquellos que le aplaudían hace unos pocos años.

La situación en Cuba no aguanta más aunque sus voceros traten de mantener el muerto vivo.

Publicado por Y.Roque

Cubano-Español.Periodista Independiente.Escritor de varios libros, nacido en Cuba, perseguido por la Seguridad del Estado Cubana.

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