¿Podría Canel hacer una nueva Primavera Negra?

La pregunta en sí se contesta:¡NO!, hay muchas razones, la primera el flujo de la información, segundo: la credibilidad del régimen en deterioro y tercero: el miedo al estallido social.

En los últimos días hemos visto acciones contra la oposición en Cuba, han tratado de volver a los tiempos de Fidel Castro cuando enviaba las turbas a golpear y gritar ¡gusanos!, sin embargo ahora a pesar de que lo intentan el resultado no es lo que esperaban.

Por ejemplo vimos hace unas semanas cuando una familia le fue pintada la fachada y realizaron un acto de repudio al estilo épocas pasadas, días después que aquel video diera la vuelta al mundo, un pequeño grupito se acercó a pedir de favor y decentemente que retirarán el cartel “Patria y Vida” que nuevamente y desafiante volvió a poner la familia que bandalizaron el hogar.

Y es que duele mucho cuando te ponen tu foto en Internet y te señalan como cómplice de un régimen. Por eso creo que los actos de repudio irán en decadencia.

Sin embargo la dictadura está buscando como frenar la ola que se viene, se enfrasca en desacreditar, pero al final son ellos los desacreditados, meten preso opositores y al cabo de los días o meses la presión internacional hace que tengan que reflexionar y aflojar la válvula. Pero vayamos a la historia para poder entender que puede ocurrir o no.

Hay quienes creen que en marzo de 2003 el ultimátum de George W. Bush a Sadam Hussein asustó más a Fidel Castro que al dictador iraquí, y que por ello el “Máximo Líder”, sintiéndose amenazado, desencadenó la ola represiva conocida como “Primavera Negra”.

Castro, que llevaba décadas asustando a los cubanos con la inminencia de una invasión norteamericana, sabía que esta era sumamente improbable. Menos en aquel momento, cuando los Estados Unidos estaban demasiado ocupados en la guerra contra el terrorismo islamista. Y más que eso, porque desde la Crisis de los Misiles de 1962 existía el compromiso de los norteamericanos con el Kremlin de no invadir Cuba.

No fue el temor por un ataque norteamericano, sino un cálculo oportunista, lo que motivó la ola represiva. El inicio de los bombardeos a Bagdad, que acaparaban la atención mundial, hizo suponer al régimen castrista ─que meses antes había respondido al Proyecto Varela con una reforma constitucional que declaraba irrevocable el socialismo─ que era el momento idóneo para desembarazarse, sin que hubiera demasiado escándalo internacional, de la oposición prodemocracia.

Aquella ola represiva, la mayor desde abril de 1961, llevó a la cárcel en poco más de 48 horas a 75 opositores. Luego, fueron llevados al paredón de fusilamiento, en menos de una semana, tres jóvenes que secuestraron la lanchita de Regla ─que atraviesa la bahía habanera─ para irse a Estados Unidos.

Además de los activistas del Proyecto Varela del Movimiento Cristiano Liberación y de la concertación Todos Unidos, los periodistas independientes fueron los principales objetivos de los represores. De los 75 detenidos durante los dos días que duró la razzia, 22 eran periodistas, entre ellos Raúl Rivero, el más emblemático.

La casa de Ricardo González Alfonso, que era la sede de la revista De Cuba, fue uno de los primeros sitios allanados por la Seguridad del Estado, en la tarde del 18 de marzo de 2003.

De Cuba revista de la Sociedad de Periodistas Manuel Márquez Sterling dirigida por Ricardo González Alfonso iba ya por su segundo número. En ella colaboraban varios de los más destacados del periodismo independiente, como Raúl Rivero, Tania Quintero, Claudia Márquez, Miriam Leiva, Oscar Espinosa Chepe, Iván García, Jorge Olivera y el fotorreportero Omar Saludes.

En el aparatoso allanamiento participaron decenas de represores que, tras registrar minuciosamente la casa, cargaron no solo con la computadora, la impresora y los ejemplares del segundo número de la revista, que aún no se habían logrado distribuir, sino también con las presillas y los lápices y bolígrafos.

La destrucción de aquella revista, la primera libre del control estatal, un sueño que un grupo de colegas habíamos conseguido hacer realidad en diciembre de 2002, fue la más triste experiencia que he tenido que enfrentar durante mis cinco lustros en el periodismo independiente.

No se explica en qué se basaron los represores para escoger a aquellos que fueron encarcelados y condenados, en juicios sumarísimos, a largas penas de prisión. Entre los 75 había algunos de los principales y más activos opositores (Marta Beatriz Roque, José Daniel Ferrer, Héctor Palacios, Regis Iglesias) y periodistas (además de los mencionados Rivero y González Alfonso, Manuel Vázquez Portal, Jorge Olivera, Oscar Espinosa, Héctor Maseda, Rolando Arroyo), pero otros se iniciaban y apenas eran conocidos.

La ola represiva de la primavera de 2003 reportaría al régimen más daños que beneficios. Una buena parte de la izquierda y la intelectualidad mundial, que hasta entonces le había sido favorable, se distanció del castrismo. En el plano interno,la dictadura tuvo que lidiar con una creciente disidencia interna, con la renovación del periodismo independiente que creyó liquidado y con el insólito desafío de mujeres vestidas de blanco que salieron a las calles a manifestarse por la libertad de los presos. Hoy, 18 años después, y a pesar del asedio cotidiano de los cuerpos represivos y las campañas de difamación, ellas se mantienen en la lucha por la democracia y los derechos humanos.

En fin aunque los tiempos son diferentes debemos estar atentos pues en la cuerda floja que se balancea esta dictadura sólo queda el desespero. De algo peor que una Primavera Negra.

Una vez escuche la declaraciones de uno de los presos de la llamada Primavera Negra deciendo:”Por más que quiera no puedo borrar de mi memoria el día en que transité sin escalas de una apacible siesta a una pesadilla en tiempo real. En principio era un sueño profundo, fruto de un despertar en horas muy tempranas y las secuelas de una enfermedad digestiva que me había obligado a buscar los servicios de un especialista.

Minutos antes había llegado de la consulta. Llevaba varios días padeciendo los embates de una dolencia crónica, provocada por la acumulación de tensiones y una deficiente dieta alimentaria. Recuerdo que desperté rodeado de policías uniformados y vestidos de civil.

No se trataba de imágenes incorpóreas. Estaban allí para revisar cada palmo de la casa amparados en una orden de registro que apenas pude ver debido a mi somnolencia. Los vi llevarse objetos personales “sospechosos”, como novelas clásicas, libros de poesía y ensayos, un puñado de folletos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, copias de artículos periodísticos de mi autoría, revistas informativas, fotos de familia y una vieja máquina de escribir marca Underwood.

Aquella escena ─vivida en una casa del municipio Centro Habana, donde vivía una difunta tía de Nancy, mi esposa─ no envejece en mis redes neuronales y vuelve a ocupar un primer plano 18 años después. Los tres quedamos atrapados entre la horda de usurpadores que nos lanzaban de vez en vez miradas de odio combinadas con diligentes alusiones al más puro estilo de los psicópatas. Era solo el comienzo de un viaje a las zonas más oscuras del infierno. De ahí salí esposado rumbo a mi inmueble ubicado en el municipio de Habana Vieja. Iba custodiado por dos sicarios en el asiento trasero de un automóvil con chapa particular.

Me esperaba el mismo procedimiento: una exhaustiva pesquisa, incautaciones y la orden de guardar silencio absoluto, pauta que incumplí al tratar de exigir una explicación a un trato excesivamente desproporcionado y que tendría como colofón un juicio sin garantías y una pena carcelaria de dieciocho años por transgresiones asociadas al activismo contestatario, en mi caso, debido al ejercicio del periodismo independiente.

El 18 de marzo de 2003 yo era protagonista de un episodio que padecerían otros 74 activistas prodemocráticos a lo largo y ancho de la Isla. Ese día comenzó la razzia que impresionó al mundo civilizado. Varios gobiernos y personalidades de la política, el arte, la academia y la literatura reaccionaron con urgencia, arrancando algunas concesiones al paso del tiempo. Ninguno de los encartados cumplió las largas sanciones de entre 10 y 28 años, aunque para la gran mayoría la salida de la cárcel fue sustituida por el destierro.

Desde entonces no se ha producido por parte de la dictadura una reacción similar. La represión continúa, pero con la estrategia de la selectividad de por medio, como ha ocurrido desde el surgimiento y consolidación del movimiento pacífico que aboga por un Estado de Derecho.

Hay quienes vaticinan una repetición de aquel castigo ejemplarizante, pero no estaría muy seguro de que algo parecido ocurriera por las connotaciones que eso traería consigo en un mundo más informatizado, donde todo se conoce al instante gracias a las interconexiones globales vía internet. Tampoco está Fidel Castro, la persona que presumiblemente autorizó la detención masiva de la primavera de 2003 y la única con la capacidad de reducir el impacto de las desaprobaciones a nivel internacional gracias a la aureola mística que llegó a poseer desde su irrupción en el ámbito político nacional hasta su muerte.

Este 18 de marzo llega a su final la medida punitiva que me impuso el fiscal con alma de inquisidor que me mostró con todo rigor la magnitud de su desprecio. Tanto fue así que le agregó tres años a la petición inicial de quince.

La noticia del aumento llegó en la primera visita familiar en la prisión de Guantánamo, en el extremo oriental del país. El sitio escogido para profundizar los efectos del escarmiento. Me encontraba a más de 900 kilómetros de mi lugar de residencia.

Dieciocho primaveras han transcurrido desde entonces. El final de la infame condena que me endilgaron y que ningún abogado podía alterar, más allá de sus habilidades profesionales. Eso me hizo saber el letrado en un rincón de la sala 10 minutos antes de la vista oral. La primera y única vez que lo vi. Todo era parte de un libreto escrito en las oficinas del alto mando del poder totalitario.

Lo más triste de toda esta película, mayormente terrorífica y salpicada a menudo de cierta hilaridad, sin que por el ello el espanto pierda relevancia, es la continuidad del mal con todo los peligros y sobresaltos que eso entraña. En la distancia rememoro los dos años que estuve tras las rejas sin apartar de mi mente a quienes permanecen dentro de la Isla a expensas de las bajezas y odios zoológicos de las huestes de chivatos y policías.

Me cuesta decirlo, pero por más que aguzo la vista no veo la luz al final del túnel. Quizás es el punto de vista que logro captar desde el ángulo en que me encuentro. Una perspectiva muy personal y respetuosa de otras interpretaciones coincidentes o no.

Solo me resta decir que he hecho todo lo humanamente posible porque Cuba sea un país inclusivo y próspero. No me arrepiento de haber invertido casi tres décadas en esos menesteres, a pesar de los fracasos y las desilusiones. Es una causa justa y eso basta para no arrepentirse de nada.”

Luego de estas declaraciones ¿cree usted que ¡Patria y Vida! pueda ser un concepto del Castrismo?

Publicado por Y.Roque

Cubano-Español.Periodista Independiente.Escritor de varios libros, nacido en Cuba, perseguido por la Seguridad del Estado Cubana.

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