Piden fe de vida de Leandro Cerezo, el joven que intentó secuestrar un avión en 2007

“Leandro normalmente me llamaba todas las semanas, y después que hablaba conmigo se comunicaba con su tía y primos. La última vez que hablé con él fue a principios de noviembre y me dijo que lo único que comía era arroz porque estaba vomitando mucho, incluso sangre”, cuenta la madre, residente en Estados Unidos.

Según Sirut Reyes, hasta estos momentos su familia no ha tenido ninguna noticia del joven. En diciembre de 2020, una hermana y una sobrina suyas visitaron varias veces la cárcel de Kilo 8 con la intención de ver al joven o recibir información sobre su estado. Las autoridades carcelarias siempre les aseguraron que Cerezo se encontraba bien, pero no permitieron verlo.

“Nosotras nos confiamos pensando que la incomunicación era por la COVID, ya que había casos en la prisión. Sin embargo, los sacos de comida (las llamadas jabas) sí había que llevarlos todos los meses”, comenta Sirut Reyes.

La mujer también relata que Yoan Torres Martínez, recluso de la misma causa que su hijo, le dijo a su hermana en una llamada telefónica que Cerezo estaba muy enfermo, afectado psicológicamente, desnutrido y que sus alimentos se los “estaban comiendo los guardias”.

“Además de que cogen su comida ―manifiesta― y que le quitaron las llamadas, primeramente no tenía ninguna atención médica. Lo que hicieron fue que lo metieron en ‘la tapiada’, una celda de castigo. No sabemos de él hasta el sol de hoy; solo conocíamos lo que nos iban informando tanto el político de la prisión como el de la Seguridad del Estado que lo atiende, y era una mentira constante para la familia”

Sin embargo, según cuenta la propia Sirut, la situación empeoró después de publicar los audios de las conversaciones con las autoridades de la prisión y la propia Seguridad. “Ahora no quieren hablar con la familia para dar ningún parte; solo dijeron que me aconsejaran y que me callara la boca porque no me iban a dejar entrar más a Cuba. De igual forma le prohibieron al otro preso, Yoan, llamar a la familia”.

“A mí no me han dado una fe de vida de Leandro y hasta que mi familia o yo no lo escuchemos ―y no solo eso, porque ya no confío ni en oírlo hablar― estaré con la gran preocupación de si mi hijo vive”, lamenta.

Leandro Cerezo Sirut, quien está aislado en una celda desde hace 14 años, se ha declarado en huelga de hambre en dos ocasiones. Su madre cuenta que no habla con nadie que no sea de su familia, ni con los guardias de la prisión. Cuando ha tenido algún problema de salud se lo ha comunicado a sus parientes, y luego estos se lo han transmitido a las autoridades carcelarias.

“Por su conducta a veces le daban visitas de estímulo y lo veíamos más seguido. Yo me he mantenido viajando a Cuba dos veces al año y las veces que iba siempre lo veía”, agrega.

“Yo estuve siete años callada, pero ahora no pienso seguir haciéndolo. Es triste ver cómo esa dictadura, a pesar de que ya le desgraciaron su vida con una sanción de tantos años (186) también quiere acabar con él ahora”.

De acuerdo con el audio de una conversación de su sobrina con el político de la prisión de Kilo 8, proporcionado a CubaNet, el joven no estaría “plantado”.

“Él (Cerezo) le dijo al jefe que le dijera a ustedes que no se preocuparan, que estaba bien, no tenía COVID y estaba comiendo. Personalmente lo cercioramos por video vigilancia”, aseguró el político del centro penitenciario.

Sin embargo, en otra grabación de una plática entre Yoan Torres y la sobrina de Sirut, el joven recluso cuenta que cuando le autorizaron ver a Cerezo lo encontró “descacarañado, como si no se bañara desde hace rato, con un olor extraño”.

“Está flaco. Le dije que ahora más que nunca debe estar fuerte. Me dijo que había vomitado sangre. Él se metió mucho tiempo vomitando, y llega el momento que te pasa factura, y se pasa mucho tiempo sin comer, y eso te daña el estómago. Lo tenían arriba en ‘la tapiada’ sin sábana y sin nada. Como estaba plantado porque no comía lo metieron para allá arriba”, dice.

“En vez de buscar un médico o un psicólogo ―agrega Torres― lo que hicieron fue meterlo para allá arriba (para la celda de castigo). (…) La prisión les hace daño a las personas y todo el mundo no la asimila. Él no está bien, lo que a esta gente no le importa eso”.

Del Servicio Militar a la cárcel

Leandro Cerezo Sirut fue condenado en 2007 a privación perpetua de libertad por haberse alzado en armas en una unidad militar de Managua, e intentar secuestrar un avión en el Aeropuerto Internacional José Martí con el objetivo de abandonar el país.

La Causa número 37 de 2007 por la que fue sentenciado recoge los delitos de Infracciones de las normas relativas al servicio de guardia, Deserción, Salida ilegal del territorio nacional, Robo con violencia en las personas, Asesinato, Actos cometidos con artefacto explosivo o mortífero, agentes químicos o biológicos u otros medios o sustancias, Toma de rehenes, Actos contra la seguridad de la Aviación Civil y los aeropuertos y Lesiones.

Según cuenta su madre, “Leandro era un niño muy tranquilo, estudioso, le gustaba mucho dibujar, ver televisión, nunca tuvo ningún problema. Cuando terminó el preuniversitario cogió Licenciatura en Turismo, de hecho, aprendió cinco idiomas, es un muchacho muy inteligente y querido por todos”.

Al terminar el duodécimo grado, para poder ingresar a la Universidad lo mandan a cumplir el Servicio Militar Obligatorio en La Habana, precisamente en la Gran Unidad Militar de Tanques 1448-1011 “Rescate de Sanguily”, ubicada en la localidad de Managua, Arroyo Naranjo.

“En el Servicio Militar lo tenían desarmando tanques de guerra en unos túneles y le daban pase cada seis meses. Siempre me decía que era duro lo que estaba pasando. En esa unidad, en aquel tiempo, sucedieron muchos abusos, incluso un muchacho se pegó un tiro porque no aguantó”, relata.

Cerezo contaba a su madre que los ponían a marchar desnudos en la madrugada, les hacían llenar a cubos tanques de agua elevados y les limitaban el tiempo de comida al punto de que podían pasar varios días casi sin comer.

En la Unidad Militar (UM) lo hicieron jefe de una dotación de tanques T-72 y sargento de segunda.

“Un día la UM organizó un acto político con militares de alto grado y le dieron el micrófono a él. Al momento expresó todo lo que estaba sucediendo y, según ellos, se expresó mal de la figura de Fidel Castro. A partir de ese momento se destapó una ira en contra de él y fue apresado por 21 días; lo soltaron y luego fue detenido por 15 días más; ya había pasado el año y se suponía que debían darle la baja”, añade.

En la noche del 27 de abril de 2007 Leandro Cerezo y tres compañeros más (Yoan Torres, Alain Forbes y Karel Rubio) se alzaron en armas.

“A dos de ellos los cogieron inmediatamente y contaron todo, por lo que dieron órdenes de agarrar a mi hijo y a Yoan vivos o muertos. Leandro salió por una posta, amarró al muchacho de guardia y le quitó el fusil, pero al Yoan salir por la otra el soldado le tiró y él respondió con otro disparo que terminó con su vida”.

Ambos estuvieron escondidos en la propia unidad militar durante siete días, hasta que decidieron salir y retener una guagua que se dirigía al Aeropuerto Internacional “José Martí”.

“En el autobús venían un capitán y un teniente coronel. Otra persona que también se encontraba ahí le dijo a mi hijo que lo dejara ir porque se dirigía al velorio de su mamá; él lo liberó y este avisó sobre lo que estaba sucediendo. Entraron al aeropuerto de La Habana y se metieron dentro de un avión”.

Las negociaciones para que se rindieran duraron seis horas. La exigencia de Leandro Cerezo y Yoan Torres era que les mandaran un piloto para huir del país. “El aeropuerto se puso que parecía fase de guerra, y seguían con las mismas órdenes: agarrarlos vivos o muertos”.

“El teniente coronel que venía en el autobús y estaba retenido también dentro del avión se levantó, agarró un extintor y le pegó a mi hijo en la cabeza, durante el forcejeo le logró quitar el arma y le disparó en una pierna; prontamente Yoan le disparó mortalmente”.

El día no terminó bien para los dos jóvenes: los militares arrojaron gases lacrimógenos dentro de la nave. Torres se acercó a la cabina y el francotirador lo derribó con un disparo en el pecho, pero no acabó con su vida.

“Estuvieron tres meses ingresados ―recuerda Sirut― en un hospital militar hasta que les celebraron el juicio en agosto. A mí no me dejaron entrar. Según ellos era cómplice porque cuando me llevaron con mi otro hijo pequeño en brazos para que me metiera en medio de la balacera y les pidiera que se entregaran, yo me negué”.

Cerezo fue trasladado inicialmente a la Unidad Especial 47 (máxima seguridad) de la cárcel Combinado del Este, en La Habana, y tres años después fue trasladado a Kilo 8 en su provincia natal, Camagüey.

“Yo nunca estuve de acuerdo con su sanción (privación perpetua de libertad) y me dediqué a caminar La Habana, fui al Consejo de Estado, a la Fiscalía General…, pero nunca me dieron una respuesta”, asegura Sirut, que ahora tampoco descansará hasta volver a ver a su hijo.

Tomado CUBANET

Publicado por Roque

Cubano-Español, mi opinión es simplemente eso.

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