¿Qué poder le queda a la elite mafiosa en Cuba?

La elite de poder en Cuba, a las puertas del VIII Congreso del PCC, atraviesa una etapa de desafíos existenciales, inseguridades y miedos nada usuales. Enfrenta una crisis generalizada provocada por la transición de clase burocrática comunista hacia una clase mafiosa moderna, que no debe confundirse con una clase capitalista moderna.

La mentalidad y hábitos totalitarios les impidieron entender que la mejor oportunidad para materializar ese plan se la había ofrecido el “deshielo” del presidente Obama. Menospreciaron  el colchón de legitimidad y finanzas que esa Administración les confirió de forma generosa y unilateral. “El imperialismo ha sido derrotado”, proclamaron entonces de forma tan arrogante como prematura.

Foto/entrelacritica.com

Como dice el reciente informe especial Cuba y EEUU: la relación bilateral, publicado en febrero por el Havana Consulting Group:

“Los octogenarios en el poder mostraron que no estaban preparados para el cambio. Tan pronto levantó el vuelo de regreso a los EEUU el Air Force One con Obama después de su histórica visita a la Habana, el régimen congeló las reformas, arremetió en la prensa contra la política de Obama hacia Cuba, lanzó un nuevo hostigamiento económico y policial a los cuentapropistas, puso fin a la aprobación de nuevas cooperativas no agropecuarias, comenzó a demonizar en la prensa a los emprendedores, reforzó la represión contra los opositores y disidentes, e inició los ataques sónicos a los diplomáticos norteamericanos y canadienses. De manera abrupta, después de reabiertas las embajadas, el régimen dio comienzo a un acelerado retroceso en el proceso de mejoramiento de las relaciones entre ambos gobiernos. Tampoco honró sus compromisos con los acreedores que generosamente habían cancelado y reestructurado sus deudas”.

Del “deshielo” al caos

Raúl Castro mantuvo el país en la dinámica de confrontación geopolítica con EEUU y expandió el control intervencionista en Venezuela y la actividad subversiva regional. El cierre económico interno, el impago de la deuda y la renuencia a una reforma económica estructural genuina gestaron un estado de inviabilidad económica y financiera peor que la que precedió al deshielo, cuya bonanza no podía durar sin una apertura real. En su lugar, Raúl Castro optó por acelerar el uso de GAESA para privatizar progresivamente los sectores rentables de la economía en beneficio de una cúpula mafiosa centrada en su familia.

En el afán de atraer capital extranjero a sus negocios —sin permitir al sector privado crecer para crear fuentes de empleo y asegurar la producción de alimentos—, dio pasos hacia el llamado Reordenamiento. Ese salto al vacío ha creado el caos actual al intentar la unificación monetaria y el retiro de subsidios a empresas estatales en medio de una letal pandemia, la descapitalización de la economía y la caída brutal de las principales fuentes de divisas (brigadas médicas en el extranjeroremesas y turismo).

La elite de poder se perfila cada vez más claramente como una mafia anticubana. Solo le importan sus negocios. Se ha desentendido del tradicional pacto social impuesto por los estados comunistas: garantizar trabajo y servicios públicos a cambio de docilidad política. La pobreza y la desigualdad hoy se disparan junto a la inflación y el colapso de la infraestructura habitacional, centros de trabajo, hospitales y escuelas. La canasta básica y las medicinas más elementales son difíciles de adquirir sin tener divisas, y a veces ni siquiera teniéndolas.

La “tormenta perfecta” ya no es una predicción

La soberbia, ineptitud y estupidez de la mafia anticubana han creado la tormenta perfecta en su contra.

El poder del Estado comunista se apoya en tres pilares: la ideología (asegurada por el monopolio de la información y el adoctrinamiento perpetuo), la dependencia económica y social del ciudadano hacia las instituciones estatales (cimentada por el “pacto social” impuesto por el comunismo) y el miedo (aportado por el despiadado aparato represivo).

De esos tres pilares solo queda el tercero y ha comenzado a quebrarse.

Internet y los viajes al exterior pusieron fin a la burbuja informativa. El Estado ya no provee salarios que tengan poder adquisitivo real, tampoco una canasta básica subsidiada, viviendas, educación y salud adecuadas, ni servicios públicos decentes.

Si se concibe el “poder” como una relación de dominación en la que una parte tiene la capacidad de persuadir u obligar a la otra a actuar según sus intereses, entonces ¿qué poder le queda a la elite mafiosa anticubana? El miedo. Pero ¿cuánto miedo puede tener a la represión una población llevada al extremo existencial de una hambruna? Las protestas, cada vez más numerosas y masivas, parecen indicar que se agota.

¿Retornarán al uso masivo del terror?  

El doble filo del Artículo 4 de la Constitución

La invocación reiterada del Artículo 4 de la Constitución parece reflejar cierta melancolía por el paredón, las masacres y las sentencias a cadenas perpetuas como solución al problema. Si las multas y detenciones ya no paralizan las protestas ciudadanas, ¿puede esta mafia privilegiada —que no aporta empleos ni servicios, que ha perdido el control de la información y carece de legitimidad histórica o legal— ordenar una masacre sin que sea su último acto en el ejercicio del poder?

El Artículo 4 del texto constitucional dice:

La traición a la patria es el más grave de los crímenes, quien la comete está sujeto a las más severas sanciones. El sistema socialista que refrenda esta Constitución, es irrevocable.
Los ciudadanos tienen el derecho de combatir por todos los medios, incluyendo la lucha armada, cuando no fuera posible otro recurso, contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución.

El Artículo 4 se refería al orden “socialista” que esa constitución consagra y pretende hacer “irrevocable”. Nada loable, cierto. Sin embargo, la construcción del nuevo Estado mafioso no estaba contemplada ni consagrada en la Constitución. A la luz del Artículo 4 de esa constitución, los traidores son los miembros de la mafia anticubana que impulsan esa transición hacia un Estado criminal. Es a ellos a quienes resulta legítimo “combatir por todos los medios”.

Desde hace décadas la disidencia cubana se ha adherido a métodos no violentos. Pero no es difícil pronosticar cuál sería la reacción —no solo de la oposición, sino de una parte de la población e incluso de sectores de la burocracia estatal y de las instituciones armadas— si la mafia anticubana en el poder decreta una nueva era de terror al amparo del Artículo 4. Las medidas de seguridad de sus privilegiados barrios serán insuficientes.

Fuente: DIARIODECUBA

Publicado por Roque

Cubano-Español.

A %d blogueros les gusta esto: