La ropa usada: una nueva moneda de cambio en Villa Clara

Foto de la autora

VILLA CLARA, Cuba. ─ En un espacio reducido de apenas ocho metros cuadrados Wendy ha ubicado una mesa pequeña que le funciona de meseta y que también sirve para comer cuando la desmantela al final del día. La nevera está emplazada a pocos centímetros del mueble, al igual que su cama y dos sillas para recibir visitas. El área restante está ocupada por un baño minúsculo y un escaparate desvencijado que pertenece a la dueña de ese cuarto alquilado al extravagante precio de mil quinientos pesos mensuales, más de la mitad de un salario mínimo en Cuba.

Encima de la cama hay varios sacos negros que contienen ropa usada sin etiquetar de clientes que se la entregan allí mismo o que ella recoge a domicilio con la promesa de darle una salida rápida “para que ganen todos”. Fue el negocio que se le ocurrió para subsistir cuando cerró la Universidad el año pasado y la amiga con la que compartía la renta decidió mudarse nuevamente con su familia.

“Para mi casa no podía regresar”, alude convencida. “Allí viven mi mamá, mis abuelos y mi hermano, que está casado y tiene un niño chiquito. La casa tiene solo dos cuartos. Este alquiler lo pagaba a la mitad con un dinerito que me pasaba mi papá, pero la cosa se le puso mala a él también y fue cuando empecé a vender la ropa de mis quince, muchos vestidos que estaban nuevos, pero que ya no me ponía. Al principio me dio resultado, pero se me fue acabando poco a poco todo lo de valor que quedaba en el closet”.

(Foto de la autora)

En redes sociales, muchas jóvenes como Wendy han emprendido este negocio de venta de ropa usada, a pesar de que pueden ser sancionadas si lo realizan sin una patente que las respalde. La razón principal que ha impulsado el mercadeo de prendas de segunda mano es la ausencia de estas en las tiendas estatales, desde que la mayoría de las TRD de Santa Clara pasaron a comercializar productos en moneda libremente convertible (MLC). La ropa y el calzado, sin embargo, aún no forman parte de las “prestaciones” en dólares americanos y no existe otra forma de adquirirlos que no sea mediante el comercio por cuenta propia, agotado y desnutrido a causa del cese de los viajes y la merma del consabido trapicheo.

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De un cordel que recorre la habitación habitada por la joven vendedora se suspenden cerca de cincuenta percheros con blusas, pantalones, camisas… todo etiquetado con sus precios y el propietario de la vestimenta anotado al dorso. A la vista hay atuendos bastante nuevos, con marcas reconocidas y otros con desperfectos, decolorados o con un deterioro evidente. No obstante, Wendy asegura que hay personas que los compran en ese estado por diez, veinte o treinta pesos. En otra paca, ella ha acopiado ropa para bebés y otros artículos similares.

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“Las mismas muchachas a las que les vendía mi ropa empezaron a darme sus cositas para que les diera camino. Todo lo anoto en la libreta y doy la posibilidad de que me paguen a plazo. El dinero está muy difícil y hay que ser considerada con la gente. Hace seis meses que me hice el canal de Telegram y fue cuando empecé a recibir bultos y bultos de ropa porque mis contactos fueron agregando a otros, y así sucesivamente. La ganancia depende del precio que le pongan sus dueños. A veces, las personas no saben de calidad ni gustos estéticos y piden mucho dinero por una pieza que no vale tanto. Yo lo entiendo, es la desesperación por ganarse unos kilos con lo que tienen a mano”.

Wendy supone que no debe ser ilegal vender pertenencias propias. Repite que no está traficando, ni robando nada a nadie, que solo ayuda, de alguna forma, a quienes “no tienen gracia para eso”.

Ventas de garaje y trueques retomados

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La madre de Yaneisy Morales, en cambio, sí tiene licencia de sastre para comercializar ropa en su propia vivienda. La joven, de 19 años, ha colado entre las perchas algunas piezas de segunda mano que le pertenecen y que se anuncian en la puerta como “Venta de garaje” en un cartón recortado, al modo y usanza de series y películas foráneas, pues este tipo de propuestas con tal apelativo jamás habían sido usadas en Cuba hasta hace algún tiempo atrás.

En los últimos meses han proliferado por todo el centro de la ciudad anuncios semejantes y, al parecer, proliferan ante la escasez de ropa reciclada que responda a los gustos estéticos de la población en los mercados de productos industriales. La mayoría de las vestimentas que se comercializan allí llevan años en las perchas, están “pasadas de moda” o su factura resulta sumamente tosca.

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“Mucha gente no tiene dinero para pagar ropa nueva ni de marcas”, asegura la muchacha. Todos los días vienen muchas mujeres buscando cualquier cosa que les sirva para trabajar o tirar el diario, sobre todo para niños y niñas, que se les queda la ropita muy rápido y no hay cosas para ellos en ninguna tienda. Las mismas personas que me las traen lo hacen porque necesitan el dinero para comer. Se sabe que la comida está extremadamente cara y ya es más importante comer que vestir bien. De todos modos, no se puede salir a ningún lado”.

Hasta el momento, la venta de garaje no precisa de una patente o permiso porque se realiza en viviendas particulares o alquiladas para dicho fin y, supuestamente, con pertenencias propias. Resulta, por ende, una actividad temporal que no debe durar más de tres o cuatro días. Aunque el ejercicio de esta modalidad recién surgida no está contemplado como tal, no existe tampoco ley o instrumento legal que regule ni penalice al “vendedor de garaje”.

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Por otra parte, la patente de modisto o sastre contempla que sean los cuentapropistas quienes confeccionen aquello que venden en sus puestos. Sin embargo, se conoce que un alto por ciento de quienes se dedican a este trabajo lo hace a través de importaciones o de terceras personas que les surten la venduta. En el peor de los casos, pudiera configurarse como un delito de actividad económica ilícita, pero no se lleva a efecto con todo el rigor posible por la propia naturaleza de la actividad, que no se contempla como peligrosa o perjudicial.

(Fotos: Captura de pantalla/Cortesía de la autora)

Al tiempo en que muchas personas desocupan sus escaparates para vender su ropa, otras deciden cambiarla por comida u otros artículos que les sean imprescindibles. Varios grupos de redes sociales han sido creados para este fin con nombres como “Te lo cambio” o “Dando y dando”. Una camisa usada, pero en buen estado, puede representar, por ejemplo, el mismo valor que un cartón de huevos. Dichos trueques recuerdan los años del período especial, cuando muchos habitantes de ciudad se trasladaban a los campos con jolongos de ropa para canjearlos por comida (frijoles, arroz, gallinas, viandas).

(Foto: Captura de pantalla/Cortesía de la autora)

Los trueques de ropa por comida en Cuba no fueron exclusivos de esta etapa. En Villa Clara, por ejemplo, se recuerda a las “venduteras de Sagua”, que recorrían todas las zonas rurales de la provincia proponiendo ropa de trabajo y metros de tela en los años setenta.

(Foto: Captura de pantalla/Cortesía de la autora)

Hace tres meses, Vanesa Rodríguez, usuaria de Facebook entrevistada por esta misma vía, decidió “darle salida” a sus mejores vestidos. “Tengo una niña que alimentar que pide lo que no hay. Puse el anuncio y fui a llevar las cosas hasta Manicaragua. Tenía un vestido Zara precioso por el que me dieron cinco libras de frijoles, una bolsa de leche en polvo y tres pomos de yogurt blanco. Eso duró casi nada en mi casa, pero al menos no dejé de comer. Ya tengo reservada otra mochila para una muchachita que cumple quince en Cifuentes por la que voy a pedir no menos que dos perniles de cerdo porque toda es traída de afuera y está casi nueva”.

TOMADO DE CUBANET

Publicado por Roque

Cubano-Español, mi opinión es simplemente eso.

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